La OIEA advierte de que descontaminación nuclear de Japón "tardará más de lo que la gente piensa"

Madrid. (EUROPA PRESS).- El director general de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Yukiya Amano, advirtió este pasado viernes desde Nairobi (Kenia) que la crisis nuclear en Japón tardará en resolverse "más tiempo del que la gente piensa" y reiteró la gravedad de la situación en la planta nuclear Fukushima-1.

"Va a pasar más tiempo de lo que la gente cree antes de asegurar que la situación se ha normalizado", aseveró Amano en declaraciones recogidas por la agencia oficial de noticias nipona Kiodo.

Para el director general de la OIEA, la situación en la planta nuclear sigue siendo "muy grave", una opinión con la que coincidió el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, al término de la reunión que ambos mantuvieron en la capital de Kenia.

"Seguimos profundamente preocupados por la situación en la planta nuclear de Fukushima-1", declaró Ban, quien instó a la comunidad internacional a redoblar los esfuerzos de ayuda al pueblo de Japón "que se está recuperando valientemente" del devastador terremoto y posterior tsunami que han dejado ya casi 12.000 muertos, según las últimas estimaciones oficiales.


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Una canción rebelde se ha convertido en himno de la nueva Libia

Xavier Mas de Xaxas. Enviado especial

Bengasi / Enviado especial

La banda sonora de la revolución Libia, la que suena a diario en la comuna de Bengasi, en la radio y por la megafonía que baña la plaza de la Libertad, mezcla la lírica heroica y romántica de tantas canciones árabes con el flamenquito soft y el compromiso del poeta llamado a revelar la verdad. La canción se titula Seguiremos aquí. La canta y la escribió Adel Mashati, un médico anestesista de 37 años, con una voz dulce, casi de mujer. Es una canción de caravana, nostálgica, la protesta de un hombre decidido a combatir la mansedumbre de los oprimidos.

La historia de esta canción, que Mashati cantó por primera vez el 12 de diciembre del 2005, en la ceremonia que lo graduó como licenciado en Medicina por la Universidad de Bengasi, es la historia reciente de Libia, de los crímenes cometidos por el coronel Moamar el Gadafi y del sufrimiento de un pueblo sin identidad, sin patria y, hasta hace muy poco, sin sonrisa.

“Nos olvidamos de sonreír. No éramos personas y mucho menos ciudadanos, sino sujetos a exterminar, sometidos a la lógica de una locura, a la revolución de las masas, el atroz experimento de Gadafi, el Estado sin Estado, la persecución policial, el aislamiento del mundo”.

Sentado en el asiento delantero de la furgoneta Mercedes Viano que el sábado de la semana pasada nos llevó de Tobruk a Bengasi, Mashati no paraba de hablar. Volvía a casa de su exilio voluntario en Alemania. Tenía ganas de ver a su madre enferma, grabar más canciones y narrar el recorrido vital que estaba a punto de culminar. Mashati, el trovador revolucionario, el niño que se estrenó cantando en una boda con apenas cinco años, tiene una cara amable, como todas las caras redondas, y sus ojos llevan grabada la melancolía del apaleado.

Durante las casi cinco horas de viaje, sólo sonrió al recordar el primer plátano que se comió su hermana. Fue una sonrisa de dientes grandes, amplia y familiar. “Mi hermana pequeña tenía siete años cuando vio su primer plátano. Gadafi los había prohibido. Nuestro universo infantil no tenía helados, ni chuches, ni juguetes. Los plátanos sólo se vendían una o dos veces al año y mi hermana, que nunca había visto uno, lo lavó con agua y jabón. Quería comerse la piel”. Los Mashati malvivían como casi todas las familias libias. Gadafi, en su afán por destruir la iniciativa privada, había cerrado los pequeños comercios, incluido el colmado familiar, en 1983. Los libios debían comprar en los supermercados estatales.

El padre Mashati, con trece hijos en casa, aceptó un trabajo de funcionario que apenas le daba para alimentarlos a todos. Tres años después se mató en un accidente de tráfico.

Gadafi perseguía a la disidencia con ferocidad. Había prohibido las asociaciones, forzando a la población a atomizarse y despolitizarse. Sólo había espacio para el fervor altermundista y la adoración al líder.

Uno de los primeros recuerdos de Adel Mashati es la tarde que ahorcaron a un disidente en el pabellón de los deportes de Trípoli. “Era Ramadán, nos habíamos reunido para cenar. Yo tendría unos diez años. La televisión conectó en directo con lo que parecía un acto más de reafirmación del régimen. Y de repente, en el centro de una multitud que lo increpaba, había un hombre que sollozaba. Le pusieron una soga al cuello y uno de los jefes que arengaban a la masa ayudó a ahogarlo estirándolo de las piernas cuando ya estaba colgado”.

“Seguiremos aquí –dice la letra de la canción– para que el dolor se vaya. Viviremos aquí y la música será más dulce. Yo soy vosotros y vosotros sois yo. Subiremos a lo más alto de la pirámide y gritaremos de felicidad hasta que los sordos puedan oírnos”. Nada más entrar en la Facultad de Medicina de Bengasi, Mashati se apuntó al periódico universitario Latidos. “Denunciábamos los atropellos del régimen de modo indirecto, insinuándolos para pasar la censura. Entonces vino la revuelta de octubre de 1994. Estalló en Misrata y también en Bengasi y Gadafi nos aplastó. Hubo muchos muertos y muchos heridos, gente que no podía ir al hospital, yo les atendí en sus casas”.

La revolución gadafista había alcanzado sus límites. Libia era un Estado que alentaba el terrorismo contra Europa y EE.UU, sometido a sanciones y aislado del mundo. El petróleo no servía para superar una crisis agravada por la falta de una economía regulada y diversificada. “Gadafi no hacía nada por nosotros –recuerda Mashati–, éramos sujetos de un régimen dispuesto a orillar nuestras aspiraciones de intervenir en los asuntos públicos”.

A las tres de la madrugada del 12 de abril de 1996 la policía secreta se llevó a Adel Mashati de su casa en Bengasi. Lo interrogaron y golpearon durante seis horas. Le dijeron que iban a ejecutarlo. Pasó doce días encapuchado y esposado a una escalera. Luego lo trasladaron a la temida prisión tripolitana de Busalim. “Fueron quince horas de viaje en un camión. Íbamos un centenar de presos. Todos estirados de lo bajo que era el espacio, amontonados unos encima de los otros, esposados y encapuchados. Nos bajaron a golpes. Me rompieron la muñeca. Se me cayó la capucha. Me golpearon más por haber visto a los guardias”. Lo metieron en una celda seis por seis que compartía con, al menos, otros 16 presos. “Había una letrina y una ventana demasia do alta para que pudiéramos asomarnos. No teníamos catres ni colchonetas. Sólo mantas. Durante dos años no salí al patio ni me dio el sol”. Mashati fue internado en la prisión militar al estar llena la de los presos políticos. El 28 de junio de 1996, a los pocos meses de llegar, oyeron disparos. “Oímosmuchos tiros durante muchas horas. Luego supimos que Gadafi había ordenado matar a 1.270 presos políticos, casi todos islamistas”.

Un año después lo trasladaron de la prisión militar a la civil y entre las grietas de su nueva celda encontró papeles diminutos escritos por los fusilados: mensajes de despedida. El Gobierno reconoció la matanza en el 2004. Saif el Islam, el hijo de Gadafi, había prometido reformas políticas. Habló de compensar a las familias de los fusilados. Las familias contrataron abogados en Bengasi. Los abogados protestaron ante las promesas incumplidas y el pasado febrero uno de ellos, Fatrij Torbuk, fue detenido. Las familias salieron a la calle a pedir su libertad y estalló la revolución que tiene contra las cuerdas al régimen. Adel Mashati pasó en prisión cinco años y medio. Completó sus estudios al salir y logró una beca para hacer prácticas en Alemania. “Gadafi no quería tener universitarios en Libia, buenos profesionales que pudieran ser una amenaza para el sistema. Tenía los justos para hacer funcionar la industria del petróleo. Al resto nos empujaba a dejar Libia, su Libia”.

Gadafi, el rey de reyes, el hijo del desierto, como le gustaba ser reconocido, había vampirizado a su patria. “Cambió los nombres de las calles, de las escuelas, de los meses del año –dice Mashati–. Suprimió las palabras en inglés. No podíamos decir Pepsi ni Seven Up. Nos había quitado hasta el amor por nuestra tierra. Amarla significaba amar a Gadafi y su bandera verde, creernos sus mentiras, aguantar la pobreza y la opresión”. Seguiremos aquí habla de este pasado y de cómo superarlo. Es un himno para que no desaparezca el recuerdo ni la esperanza.


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Agua altamente radiactiva se filtra directamente al mar desde Fukushima

Tokio. (EFE).- Expertos de TEPCO, empresa operadora de la planta nuclear de Fukushima, confirmaron hoy una filtración al mar de agua con elevados niveles de radiactividad procedente del reactor 2 de la central, informó la televisión pública NHK.

El líquido se filtra a través de una grieta de unos 20 centímetros en el muro de una fosa próxima al reactor, en la que hay agua contaminada con una profundidad de entre 10 y 20 centímetros.

Tras detectar la grieta y a fin de contener la filtración, los operarios que trabajan en Fukushima se preparan para verter cemento en ese lugar, situado cerca de la toma de agua del reactor 2 y donde se encuentran varios cables eléctricos, según NHK.

Las fuentes de TEPCO indicaron que en ese lugar los niveles de radiactividad han alcanzado más de 1.000 milisievert por hora.

La operadora investiga si hay otras filtraciones de agua radiactiva al Océano Pacífico, después de que en los últimos días se hayan detectado en las aguas costeras próximas a la planta nuclear Fukushima niveles de radiactividad muy superiores a los límites legales.

Las operaciones para contener la filtración se suman a los esfuerzos para drenar los charcos de agua altamente radiactiva en varias zonas de las unidades 1, 2 y 3, que dificultan las tareas para restaurar la refrigeración de los reactores.

Ésta se convirtió en el foco de la crisis nuclear que vive Japón desde que el tsunami que siguió al seísmo del pasado 11 de marzo dañó sus generadores de emergencia, lo que paralizó el sistema general de refrigeración.


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Francia califica de "criminal" la negativa de Gbagbo a ceder el poder

París. (EFE).- El ministro francés de Exteriores, Alain Juppé, consideró hoy que debido a la presión internacional el presidente saliente de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, "vive sus últimos días como jefe de Estado", y calificó de "criminal" su negativa a ceder el poder.

"La presión unánime contra él le obliga a partir. Eso es lo que deseamos", dijo el ministro en declaraciones recogidas por los medios locales, a los que destacó que Gbagbo "está arrinconado y totalmente aislado".

"Seguimos la situación de cerca y hacemos todo lo que podemos para que se estabilice y para que el presidente (Alassane) Ouattara pueda instalarse de verdad en el poder y emprender una política de reconstrucción y reconciliación nacional", añadió el jefe de la diplomacia gala.

"Su empeño es criminal. Debe irse", afirmó Juppé tras participar en Burdeos (suroeste de Francia) en la convención nacional de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo (LICRA).Este viernes, tras una reunión de los principales miembros del Ejecutivo, Francia había conminado ya a Gbagbo a ceder el poder de forma "inmediata" a Ouattara y a retirarse para que termine la violencia en Costa de Marfil.

En ese comunicado se señaló que "es urgente que se ponga fin definitivamente a la crisis surgida por el rechazo de Gbagbo de reconocer su derrota en la segunda vuelta de las Presidenciales", y se pidió a la población marfileña que se una en torno al presidente electo.

Francia se congratuló además de la unanimidad de la comunidad internacional para hacer prevalecer en el país "el derecho y la democracia", e instó a todas las fuerzas presentes a "respetar la seguridad de la población civil, marfileña y extranjera".


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Alemania va bien, los alemanes no tanto

Berlín.– Si Alemania va tan bien, si crece un 3,5%, si tiene un desempleo moderado del 7% y tanto consenso social, ¿por qué su gobierno pierde una elección tras otra, como acaba de ocurrir en Baden-Württemberg, la región más próspera del país? ¿Por qué "ciudadano enfadado" (Wüttburger) ha sido declarada "palabra del año"? Puede que Alemania vaya bien -sobre todo comparada con la Europa del sur- pero los alemanes no tanto.

Tras la tópica afirmación española de que Alemania va bien porque, a diferencia de otros, "hizo los deberes", se oculta una década de erosión del "Modell Deutschland" y del llamado "capitalismo renano" que enrareció el ambiente social. Aquel sistema de economía social de mercado construido alrededor del consenso fue, en gran medida, disuelto por la tardía, pero profunda, rendición alemana ante el neoliberalismo. La "ley de modernización de la inversión" del año 2004 autorizó los "hedge fonds". Siete años después, la situación de los bancos alemanes es, "la más difícil de la UE", según el Comisario europeo de Competencia, Joaquín Almunia.

Atención desviada

Los alemanes expresan una comprensión extremadamente crítica de la situación en la que se encuentra su país, tal como muestra una encuesta conjunta de la Universidad de Hohenheim y la banca ING-DiBA de Francfort que acaba de divulgarse. Pagar por los errores de otros es el asunto central de esta irritación nacional. Tres de cada cuatro alemanes (74%) creen que la política sirve a los intereses de las finanzas y la mayoría no cree que la política haya controlado la crisis financiera. Casi dos tercios opinan que sus políticos son incompetentes y los financieros irresponsables. Bombardeada por una intensa campaña institucional de "Alemania va bien", la ciudadanía no ha comprado ese mensaje y demuestra un fuerte escepticismo.

Desde el gobierno y los medios de comunicación se ha practicado un sutil cambio de responsabilidad. Los alemanes pagaron 480.000 millones para salvar a sus bancos, más la parte que les corresponde en el salvamento del euro, directamente relacionado con sus propios bancos y los de otros países. Los países manirrotos de Europa han sido identificados como el malvado sujeto por el que hay que pagar, aunque la exposición de los bancos alemanes en deuda pública griega portuguesa, española, italiana e irlandesa ascienda a 612.000 millones de dólares. Los manirrotos europeos han cubierto a los bancos, a todos los bancos, incluidos los alemanes, en lo que ha sido, en última instancia, un recurso nacionalista. En parte este truco ha funcionado, pero hasta en la prensa nacional se habla de la situación de los bancos alemanes como "el secreto mejor guardado".

Erosión del consenso tradicional

El otro gran aspecto del cambio que explica el malhumor alemán es resultado de quince años de aumento de las desigualdades y de la precariedad laboral. Alemania siempre fue un país socialmente más nivelado y laboralmente más sólido y seguro que la media europea, y esta regresión corroe los fundamentos del consenso social.

Desde 1990 hasta hoy, los impuestos a los más ricos bajaron un 10%, mientras que la imposición fiscal a la clase media subió un 13%. En veinte años la clase media se ha reducido, pasando del 65% a englobar al 59%. Los salarios reales se han reducido un 0,9%, mientras que los sueldos superiores y los ingresos por beneficios y patrimonio aumentaron un 36%. En 1987 los directivos de las principales empresas (índice DAX) ganaban como media 14 veces más que sus empleados, hoy ganan 44 veces más. Incluso en Alemania, la clase media está descubriendo la precariedad.

En el país de la seguridad laboral, un 22% de la población está hoy empleada en condiciones precarias y las cifras de paro son tan relativas como las que los griegos dieron en su día sobre sus cuentas. Oficialmente hay 3 millones de parados, pero no se cuentan las personas mayores de 58 años y las que figuran como no contabilizables. Tampoco entran en la estadística determinadas categorías no aseguradas, quienes asisten a cursillos de formación e integración, así como los parados que buscan trabajo mediante agencias privadas de empleo", explica a La Vanguardia Dierk Hirschel, economista jefe de la Federación Alemana de Sindicatos (DGB). Así, la cifra de parados ya asciende a 4,1 millones. A ellos se suma otro 1,2 millones de personas que buscan trabajo sin estar registradas en las oficinas de empleo porque no tienen derecho a subvención alguna. Finalmente se incluye la consideración sobre, "4,2 millones de personas que trabajan involuntariamente a tiempo parcial, o que ganan tan poco que su salario no les alcanza para vivir". Con todo eso en la cuenta, "el subempleo alemán afecta a 9,5 millones de personas, es decir tres veces más que lo reconocido por la cifra oficial de parados", dice este economista.

Entre 1996 y 2010 el número de trabajadores temporales se ha multiplicado por cuatro, pasando de 180.000 a 800.000, y afecta cada vez más a personas cualificadas. Uno de cada dos trabajadores alemanes recibe inicialmente un contrato temporal. "El empleo temporal repercute negativamente en el bienestar de las personas e influye en su sentimiento de exclusión social", "una integración estable en el mercado de trabajo es la condición esencial de la integración social", constata un estudio de la Agencia Federal de Trabajo (BA).

El Estado social alemán sigue siendo amplio y la cogestión sindical en las empresas continua siendo un factor diferencial, pero la Alemania de hoy no es la de hace veinte años, cuando el espantajo comunista determinaba énfasis sociales que se han ido fundiendo. Obviamente, tampoco la moral del trabajo, e incluso las infraestructuras, son las mismas. Ahí es donde hay que situar la tan mencionada "nostalgia por el Deutsche Mark": la diferencia no era la moneda, sino buena parte del clima social del país.

Crisis de lo político

Que todo esto no fuera propiciado por gobiernos conservadores de la CDU y el FDP, sino iniciado por verdes y socialdemócratas, explica que la crisis política afecte a todos los partidos, incluidos el socialdemócrata (SPD), que es el más castigado. Los verdes salen inmunes porque su electorado es sociológicamente uno de los menos sensibles a este cambio fundamental y de momento se benefician, pero el malhumor es bastante general.

Casi dos tercios de los alemanes (64%) creen que a los políticos les falta competencia para elaborar una estrategia capaz de prever las intenciones de las instituciones financieras, señala la encuesta de la Universidad de Hohenheim, según la cual domina la confusión: la evolución de la situación en los países de la UE, en los mercados financieros, así como las medidas políticas para contener la crisis, apenas son comprensibles. Tres cuartas partes de los encuestados (74%) dan por hecho que los políticos están más pendientes de los intereses del sector financiero que de los contribuyentes. Más de la mitad de la población está convencida de que la crisis financiera no puede ser controlada, y sólo uno de cada cuatro confía en que la política aumente a largo plazo su capacidad de influir sobre la economía y los bancos, señala el resumen del estudio.

"La gente parece cada vez menos cegada por frases como "no hay alternativa", dice Claudia Mast, profesora de estudios de la comunicación en la Universidad de Hohenheim. "Los ciudadanos creen que los políticos no han hecho lo suficiente y temen que la crisis financiera se repita con aun mayor fuerza. Eso equivale a un voto de castigo a los bancos y compañías de seguros, pero también a los políticos", dice a La Vanguardia esta coautora de la encuesta.

Mast subraya el escaso contraste de esta malhumorada opinión entre los diferentes grupos de la sociedad. "Apenas hay diferencia entre jóvenes y mayores, urbanos o rurales, o entre profesiones. La desconfianza hacia los políticos y el sector financiero se extiende por igual entre toda la población", dice. La combinación de la prolongación de la vida de las centrales nucleares, decidida por Angela Merkel en septiembre, cotejada con la megacrisis nuclear de Fukushima, arroja el último dato de este latente enfado alemán de largo recorrido.


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